Es probable que cuando uno se plantea ver los pros y los contras de un determinado sistema de enseñanza-aprendizaje comience a distribuir, en una lista, un montón de parámetros –virtudes y defectos– que caracterizan a esa metodología.
En este caso, bajo mi punto de vista, considero que hay una característica que me resulta tan importante que por sí sola ya me basta para creer que mis alumnos podrán aprender mejor trabajando mediante proyectos que haciéndolo a través de mi discurso magistral. Me refiero a que el proyecto les hará trabajar de forma activa, es decir, serán ellos los que estén desarrollando su aprendizaje. Y ese modo de aprender, activo y vivencial, es clave para que resulte exitoso. El ABP, si está bien pensado, lo cumple a la perfección.
Hay otras razones que considero importantes también a la hora de decantarme por un aprendizaje basado en proyectos. Romper con esa fase pasiva del aprendizaje tradicional es uno de ellos. Los alumnos que asisten a sesiones en las que la información fluye en un solo sentido solo hacen el esfuerzo de tratar de entender y, vagamente, recordar. Si analizamos este proceso según la taxonomía de Bloom, veremos que este aprendizaje se que queda en la parte baja de la tabla. El alumno no desarrolla niveles superiores de aprendizaje. Quizá, luego, realizando alguna actividad, puede escalar algo en la taxonomía.
La participación en su propio aprendizaje, la proactividad, la iniciativa personal, la colaboración, la asertividad, saber escuchar y valorar lo que opinan los compañeros del equipo, la organización del tiempo y la planificación del trabajo... son razones que me ayudan a valorar muy seriamente el aprendizaje activo que proponen los ABPs.
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